
Después de aquel día en que follamos en casa de Hugo, volvimos a nuestra rutina de comernos los rabos en el bus. El trayecto entre la parada en que nos quedábamos solos y la nuestra no era muy largo, así que nos turnábamos: unas veces se la comía yo y otras me la comía él. El que recibía la mamada, mientras, le hacía una paja al otro. El poco espacio entre los asientos no permitía tampoco mucho más.
Yo estaba deseando repetir una follada (lo habíamos hecho aquella primera vez en su casa, luego otra después de que nos la chuparan en el centro comercial, y una tercera vez, estupenda, por Navidad), pero no surgió que su casa volviera a quedar vacía, y en la mía imposible. Y notaba que él también quería repetir. Nos empezamos a llevar bastante bien y a hacernos amigos. Alguna vez quedamos incluso simplemente para tomar algo.
Un día volvíamos como siempre, yo de mis prácticas como becario y él de sus clases en la Universidad. Ya no nos molestábamos en disimular que nos conocíamos, y cuando se subía al bus Hugo se sentaba en el asiento al lado del mío. Eso facilitaba las cosas cuando el bus se vaciaba y uno de los dos desaparecía tras el asiento y daba gusto al otro. Muchas veces me pregunté lo que pasaría si el chófer, un hombretón maduro y grande, calvo y con pinta de brutote, alguna vez mirara el retrovisor y viera que en lugar de dos chicos solo había uno, y que este tenía una sorprendente cara de gustito...







