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miércoles, 21 de marzo de 2018

Matt y Álex en el trabajo



Por las mañanas trabajo de becario en el departamento de comunicación de una empresa. Hago lo que me manden, especialmente componer post para el blog, que luego revisa mi jefe, un tío bueno impresionante, algo mayor que yo, muy guapo (no sé si me da más morbo con las gafitas o sin ellas), y con pinta de buenorro debajo de la camisa, que me pone… Buff! Además parece tímido, y buena persona, así que me gusta un montón, aunque claro, no parece gay y es mi jefe, así que ni se me ocurre tirarle la caña. Se llama Matt.

Cuando no patrullo las calles como MegaGuy, cuando soy un civil más, dirijo el departamento de comunicación en la empresa donde trabajo, aunque eso ya os lohe contado. Siendo Matt soy bastante más tímido que siendo MegaGuy. Soy… pues una persona normal, supongo. Cada mañana, a unos metros de mi mesa, se sienta un becario nuevo. Un chico guapo, de pelo revuelto y fibradito. Me gusta su expresión, me da buen rollo. Después de andar tanto entre criminales, uno aprende a distinguir a los buenos, y este chico me gusta muchísimo. Ojalá no fuera su jefe, porque no sentiría que es tan inapropiado. O que al menos me diera alguna señal de que le van los tíos. Eso ayudaría también. Pero supongo que un chaval así tendrá novias mil y no se fijará en el tarado cuatro ojos de su jefe, algo mayor que él y que tartamudea cuando le habla. Aunque también él es patoso, deliciosamente patoso. Siempre se está tropezando o tirando cosas. Me encanta. Se llama Álex.

miércoles, 24 de enero de 2018

Cuando el conductor del bus pilló a Álex y a Hugo, parte 2


Me sorprendió un poco que el conductor mantuviera la erección a sus años, tras lefarle el careto a Hugo (léelo aquí), pero el tío rápidamente enfiló su polla hacia mi ano, teniéndola durita todavía, y con la ayuda de la lubricación de su propio semen se preparó para encularme. Yo estaba tumbado sobre los asientos del bus, tal y como me había pedido, con las piernas levantadas y el culo abierto. Sentí un instante su rabo junto a mi culo, y luego todo sucedió de sopetón: su rabo estaba dentro de mí, con una embestida seca que lo clavó hasta los cojones. Me agarré a los respaldos de los asientos sofocando un grito, mientras Hugo me miraba poniendo cara de susto. Debía de haberle dolido hasta a él...

La polla del chófer recuperó la dureza que hubiera podido perder, al moverla dentro de mi culo apretado. Yo la sentía rígida, incólume, una barra de acero follándome sin piedad. Su pronunciada curvatura aumentaba la sensación de fricción y sentía ese roce estimulando mi ano y mi interior. Mi culo caliente se abría cada vez más, y esa polla entraba y empujaba sin piedad, dándome caña de la buena y enseñándome cómo podía follar un hombre maduro. Mi rabaco reaccionó al instante aumentando su dureza y soltando un hilo de líquido preseminal que se bamboleaba desde la punta, al compás de los empujones que el conductor me metía y que me deslizaban sobre el asiento, de la fuerza con que me embestía. Siendo tan patoso como soy, a punto estuve alguna vez de caerme del asiento y quedar encajado en el hueco con los asientos de delante. Parecía que estaba en un puto terremoto, tan grande era el ímpeto de esa follada.

miércoles, 17 de enero de 2018

Cuando el conductor del bus pilló a Álex y a Hugo, parte 1


Después de aquel día en que follamos en casa de Hugo, volvimos a nuestra rutina de comernos los rabos en el bus. El trayecto entre la parada en que nos quedábamos solos y la nuestra no era muy largo, así que nos turnábamos: unas veces se la comía yo y otras me la comía él. El que recibía la mamada, mientras, le hacía una paja al otro. El poco espacio entre los asientos no permitía tampoco mucho más.


Yo estaba deseando repetir una follada (lo habíamos hecho aquella primera vez en su casa, luego otra después de que nos la chuparan en el centro comercial, y una tercera vez, estupenda, por Navidad), pero no surgió que su casa volviera a quedar vacía, y en la mía imposible. Y notaba que él también quería repetir. Nos empezamos a llevar bastante bien y a hacernos amigos. Alguna vez quedamos incluso simplemente para tomar algo.


Un día volvíamos como siempre, yo de mis prácticas como becario y él de sus clases en la Universidad. Ya no nos molestábamos en disimular que nos conocíamos, y cuando se subía al bus Hugo se sentaba en el asiento al lado del mío. Eso facilitaba las cosas cuando el bus se vaciaba y uno de los dos desaparecía tras el asiento y daba gusto al otro. Muchas veces me pregunté lo que pasaría si el chófer, un hombretón maduro y grande, calvo y con pinta de brutote, alguna vez mirara el retrovisor y viera que en lugar de dos chicos solo había uno, y que este tenía una sorprendente cara de gustito...

miércoles, 20 de diciembre de 2017

La Navidad de Álex y Hugo

Lo bueno de la Navidad es que la familia se reúne. Así que mientras la mía iba a visitar a una tía viejísima y la de Hugo hacía algo similar, nosotros habíamos quedado para vernos antes de ir a la cena familiar. Así iríamos descargaditos y tendríamos más tolerancia a los familiares.


Así que ahí estaba yo, llamando al timbre de Hugo con un paquete. Bueno, dos, porque el mío propio me cosquilleaba de impaciencia...
Por fin me abrió, con su sonrisa de siempre y ese cuerpazo que estaba deseando disfrutar. Me miró el paquete, el que llevaba en brazos, y me dijo que él no me había comprado nada, un poco azorado. Le resté importancia y fuimos a su cuarto. Allí empecé a hacer de las mías: me tropecé con la alfombra y el paquete salió despedido, dándole a Hugo en la cocorota, antes de que lo atrapara al vuelo.


—Joder tío —me dijo mientras le iba saliendo un chichón—, sí que estabas impaciente por dármelo...


—Bueno, es una forma como cualquier otra de entregarlo —me defendí—. Ya que lo tienes, ábrelo...


Arrancó el floripondio que le había puesto de adorno y luego el papel de regalo. Abrió la caja y en su cara se dibujó una expresión de sorpresa mezclada con pasmo. Metió la mano en la caja y sacó un consolador con forma de polla.


—Esto es muy grande para mí... No me va a entrar —dijo con un hilillo de voz, en el que se mezclaban la ansiedad por probarlo enseguida y el miedo por las dimensiones del objeto.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Álex y Hugo vuelven de cruising al centro comercial

Hugo me había contado cómo una vez se encontró con un chico que se la chupó en el baño del centro comercial, y me convenció para probar a ir de nuevo. Así que nos acercamos al centro comercial de FuckingCity. Pensé que total, si no encontrábamos nada, siempre podríamos descargar en el bus a la vuelta, tal y como hacíamos otras veces.


Entramos en el Paul & Cock y nos pusimos a mirar algo de ropa. Me fijé en un chaval que nos miraba. Bueno, eso creo. El caso es que era oriental, y como tienen los ojos así, como entornados, pues no lo tenía claro. Y no era cuestión de cantearme fijándome bien. Se lo comenté a Hugo, y me dijo que lo observaría. Se fue por su lado y yo seguí mirando unas camisetas. Al ratito volvió y me dijo que sí, que no me quitaba ojo de encima, y que cuando no me miraba a mí discretamente, le miraba a él.


—A lo mejor es de los de seguridad esos que van de incógnito, como si fueran clientes, y piensa que queremos robar o algo. Si es que llevas unas pintas... —argumenté sin estar convencido.


—¿Qué pasa? Pintas, mis cojones. A mí me queda todo bien. Y yo creo que no es de seguridad porque solo nos mira a ti y a mí, no vigila a todo el mundo.


Seguimos a lo nuestro, aunque nos fijamos en que el chico parecía ir mirando ropa por donde nosotros pasábamos.


—¿Crees que debería entrarle? —Me dijo Hugo muy animoso.


—Pues no sé, chico. Tampoco es cuestión de montarla si resulta que nos equivocamos. ¿Qué vas a hacer? ¿Ir y decirle que si te zampa el rabo?


—Contigo funcionó de maravilla —argumentó Hugo con mucho acierto, para qué negarlo.

miércoles, 25 de octubre de 2017

Álex va a casa de Hugo, parte 3




Todavía me palpitaba el culo por la follada de la polla gorda de Hugo mientras yo le lamía el suyo. Le notaba nervioso, ahí, a cuatro patas al borde de la cama, conmigo de rodillas en el suelo detrás, pero parecía gustarle que se lo comiera. Mi lengua trazaba círculos húmedos en torno a su ano, para luego aventurarse y explorar el agujero, presionando en él, introduciéndose un poco.  Mis manos estrujaban sus cachetes, y mi aliento caliente golpeaba la raja entre sus nalgas.


Mi lengua ávida no dejaba de moverse, ensalivando su culete. Probé a acariciarlo a la vez con un dedo, deslizándolo en círculos lentos junto con mi lengua. Y cuando fui notándole más relajado me atreví a meter la punta del dedo en su culo. Se deslizó húmedo y caliente, y las paredes de su ano se cerraban en torno a él con fuerza. A pesar de ello decidí que ya estaba preparado y que no podía esperar más. Álex tío, me dije, si no se la clavas ya vas a correrte sin siquiera rozarle de lo cachondo que estás. Y es que iba a ser la primera vez que enterrara mi pollaza en un culito virgen. Me daba miedo no hacérselo bien y crearle un trauma de por vida, pero también me ponía a más no poder.

miércoles, 18 de octubre de 2017

Álex va a casa de Hugo, parte 2



Hugo siguió comiéndome el rabo sin descanso. Le tenía agachado frente a mí, acariciándose su polla mientras su lengua lamía juguetona mi glande, para después tragarse mi rabo lo más hondo que podía y bombearlo dentro y fuera de su boca ensalivada. De vez en cuando levantaba la vista y me miraba con esos ojazos suyos, sin sacarse mi polla de la boca.


Cuando disfruté un rato de la mamada pensé en devolverle el favor. Me levanté y le incorporé agarrándole de los brazos. Quedamos de pie entre la silla y la cama, muy juntos. Nuestras pollas se juntaban entre nosotros, duras y expectantes. La mía era al menos un glande más larga que la suya, con sus buenos 19 cm, pero la suya era muy gorda.


Todavía no nos habíamos besado, y no estaba seguro de si un beso superaría la barrera de su curiosidad de hetero. Me acerqué lentamente, con una mano en su cintura y la otra en su trasero. Noté que él también me agarraba a mí, y supe que se estaba planteando también lo del beso, por cómo me miraba los labios. Me los humedecí y me acerqué más. Apenas quedaban unos centímetros entre nosotros. Cerré los ojos y pegué mis labios a los suyos. Los acaricié con un beso suave. En el primer momento no obtuve respuesta, pero después sus labios despertaron hambrientos y nos besamos con frenesí. Su lengua escapó de su boca para invadir la mía, y se entrelazó con mi lengua en una lucha húmeda. Supe en ese momento que aquel iba a ser un gran polvo, libre de los complejos y dudas que hubiera podido tener un chico con curiosidad pero que no había follado con otros chicos, como era Hugo. Y decidí esforzarme para que lo disfrutara. En realidad era una inversión: si lo pasábamos bien habría más posibilidades de repetir.

miércoles, 11 de octubre de 2017

Alex va a casa de Hugo, parte 1



Nos fuimos a su casa directamente después de bajar del bus. No había nadie y en un periquete nos plantamos allí. Estábamos solos, tal y como él dijo.

—Álex, ponte cómodo —me invitó—. Voy a preparar algo de comer.

Solté la mochila por ahí y le seguí hasta la cocina, sin poder evitar clavar la vista en su trasero, redondo y duro bajo los vaqueros, realmente prometedor.

Hugo estuvo trasteando por la cocina y al final pareció decidirse por cocer algo de pasta. La pasta nunca falla, pensé. Al poco me dijo algo acerca del calor, no sé ni el qué, porque empezó a sacarse la camiseta y toda mi atención se centró en eso. Mi mirada quedó atrapada en las curvas de sus abdominales, que yo ya había palpado más que de sobra mientras se la mamaba en el bus, pero era la primera vez que los veía con espacio y con calma. Estaba muy bueno el cabrón, con un torsazo impresionante y bonitos pectorales. No tenía vello (bien sabía yo que llevaba rasurado hasta el púbico), y su piel suave me hizo salivar. Cuando casualmente levanté la vista hacia su cara comprobé que me observaba burlón, y al instante me puse tremendamente colorado.

—No te has puesto cómodo —insistió—. Podías haberte quedado sentado en el salón mientras hago la pasta, que eres mi invitado. Si quieres también puedes quitarte la camiseta, hace mucho calor en esta cocina cuando cocinamos.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Álex y Hugo, mamada en el bus 3

Los días de mamadas se fueron sucediendo tras esa primera vez en el bus. Disimulábamos hasta que quedábamos solos en la penúltima parada, y entonces me cambiaba a su asiento y me zampaba el rabo de Hugo. Él me sobaba la entrepierna hasta que me corría empapando el pantalón. Nunca me pareció que el conductor notara nada.


Era una forma estupenda de finalizar la mañana antes de llegar a casa. Pero lo cierto es que con el paso de los días fui queriendo algo más, la verdad. Que me sobara el paquete, teniendo en cuenta que era el primer acercamiento de Hugo al sexo con otros chicos, estaba bien, pero ya se me quedaba escaso. Además me contó que, inesperadamente, tuvo otra experiencia en un baño de un centro comercial hace poco, donde otro tío se la chupó. Me molestó un poco no tener ya el monopolio, pero también me hizo pensar que Hugo estaba muy dispuesto a curiosear. Así que cuando fuimos repitiendo mamada pensé que tendría suficiente curiosidad por el sexo gay como para forzar un poco los acontecimientos.


Empecé muy despacio. Esperé, como siempre, a que la gente se bajara del bus. La señora del bigote volvió a mirarme mal al pasar, me había quedado con el sambenito de "lo drogada que va la juventud", todo porque soy bastante patoso...


Me puse al lado de Hugo y bajé  a mamarle, como siempre, pero esa vez me desabroché la bragueta como pude en el poco espacio que tenía doblado entre los asientos y me saqué el nabo. No me puedo quejar de atributos, me gusta mi polla. Cuando entre gemidos silenciosos Hugo fue tanteando para llegar a mi paquete, se encontró el percal. Puso la mano sobre mi rabo; tanteó un poco, extrañado, y la retiró. Noté que se envaraba un poco, pero me hice el loco y seguí chupando como si nada, con glotonería. Me encantaba cómo esa polla llenaba mi boca, era tan gorda...


Pensaba acabar por pedirle que me masturbara, como todos los días, pero no hizo falta. Un poco después volvió a llevar despacio la mano hasta mi miembro, y lo cogió. Un poco flojo para mi gusto, parecía que estaba agarrando una pescadilla, pero bueno. Empezó a pajearme, despacio. Al hacerlo debió de sentir curiosidad por la longitud de mi polla, porque se retorció para verla. Dejé de chupársela un momento y me incorporé, para que la viera bien, aunque al hacerlo la soltó y su brazo quedó entre mi espalda y el asiento.


—¿Te gusta? ¿Va todo bien?


—Claro —me respondió, aunque no parecía seguro. No me quitaba ojo del rabo, de los 19cm de rabo que tengo. Tragó saliva. Continuó hablando algo inseguro—. No está nada mal, es más larga que la mía... Tienes buen rabo colega...


—Gracias. A mí el tuyo me flipa.


Y para demostrarlo reanudé la tarea, esforzándome más en mi mamada. Al momento noté que volvía a pajearme, con más seguridad esta vez.

miércoles, 9 de agosto de 2017

Protagonistas de los relatos: Álex

 

Álex es un chaval de 22 años, espabilado, inteligente y buena persona.
Tiene un par de ojazos azules, un pelo que se deja cuidadosamente despeinado y un cuerpo fibradito y marcado. Con su cara de niño bueno no tendría problemas para ligarse a quien quisiera, si no fuera porque es un poco patoso y eso le vuelve algo inseguro. Si hay algo con lo que se pueda tropezar, se tropezará. Si hay alguna posibilidad de caerse, se caerá. Si es posible meter la pata de algún modo, la meterá.


Esto lo compensa con un carácter encantador y siendo alguien de total confianza y honestidad: tiene cara de niño bueno porque realmente es un buen chico.

jueves, 3 de agosto de 2017

Álex y Hugo, mamada en el bus 2






Llegó la hora. Me había pasado toda la mañana esperando el momento de coger el autobús de vuelta a casa. No paraba de preguntarme si Hugo iba en serio cuando me dijo que le apetecía probar a que se la chupara ahí mismo, en el bus (puedes leerlo aquí). Había estado medio ausente en clase en la Universidad. Me había colocado cada mechón de pelo cuidadosamente para que estuviera desenfadadamente despeinado. Me había echado extra de colonia (quizás demasiado extra). Y estaba muerto de nervios y anticipación. Ni que fuera el primer rabo que me zampaba. Pffff. Si se me da genial... Es solo que quería que saliera bien...


Y ahí estaba, haciendo su entrada cuando el autobús llegó a su parada. Tan guapo como siempre, esta buenísimo. Me hice un poco el despistado, por disimular, aunque mirando de reojo por si me hacía alguna señal o algo. No pude ver que me mirara.


El autobús hizo su ruta y fue descargando viajeros, mientras yo no podía parar quieto pensando en si pasaría algo o no. Por fin llegó a la última parada antes de enfilar la carretera hasta nuestro pueblo, Teníamos un ratillo por delante, y solo quedábamos él y yo en el bus, como de costumbre. En cuanto arrancó quitó su mochila del asiento a su lado, y la dejó en el suelo. Lo tomé por una invitación, respiré hondo y me cambié de sitio, procuarndo no tropezar esta vez, como el día anterior.


Y nos quedamos muy quietos mirando hacia delante. De repente el conductor se me presentó como una amenaza muy tangible. ¿Y si nos pillaba? No era fácil, los asientos ocultarían toda la acción. A mí no se me vería, y de él solo se vería que ponía cara de gusto... ¿Eso sería sospechoso? ¿Se suele poner cara de gusto cuando se viaja en bus? No pude pensar más, porque empezó a hablarme:


—Bueno, Álex, ¿qué tal hoy? —No me dio tiempo de contestar una parrafada sobre los efectos de los ataques de nervios y pánico sobre el tránsito intestinal, era una pregunta retórica—. Ayer quedamos en algo, ¿te sigue interesando?

miércoles, 19 de julio de 2017

Alex solito en su dormitorio






Después de lo pasado en el bus fui derecho a casa. Entré en mi habitación, lancé la mochila a una esquina y cerré la puerta.

Estaba muy, muy cachondo. El tío que llevaba observando tanto tiempo sin atreverme a decirle nada quería que me zampara su rabo... Era alucinante, no me lo creía. Solo con volver a pensar en cuando me puso la mano sobre su paquete me empalmé sin remedio. Necesitaba hacerme una buena paja, pero ya.

Me miré en el espejo de mi armario. Creo que no estoy mal, con mi cara de niño bueno y mi pelo despeinado. Y me esfuerzo un poco por tener buen cuerpo, marcando abdominales.

Me saqué la sudadera, la doblé con cuidado y la dejé sobre una silla. Luego pensé lo que estaba haciendo y decidí que debía echar pasión al asunto. Cogí la sudadera de nuevo, la desdoblé, la di un par de vueltas sobre mi cabeza sin dejar de mirar mi reflejo en el espejo y la lancé. No sé dónde caería, ya la buscaría después.

Pasé a los pantalones. Me los desabroché lentamente. Primero el botón de los vaqueros. Luego la cremallera. Descendía despacio, con un ruido suave, sobre mi paquete caliente. Luego decidí que mejor me los quitaba rápido, medio bailando. Y cuando estaba a la pata coja tratando de sacarme una patera (mierda de moda juvenil y vaqueros estrechos) perdí el equilibrio y caí sonoramente al suelo.

—¿Cariño, estás bien? —Mi madre, a través de la puerta.

—Sí, sí, sí; todo bien, genial, de maravilla.

—Vale cielo. ¿Vas a salir a comer pronto? Ya sabes que luego viene tu tía abuela Gertrudis a visitarnos y tiene muchas ganas de verte.

—¡Qué bien! Lo estoy deseando mamá. Es mi tía abuela favorita, con esa manía de que coma más de todo, que estoy muy delgado, y la nube con olor a naftalina que la envuelve...

—Pues agárrate, que dice que nos va a presentar un novio que conoció en Benidorm.

—Joder, mamá, a sus años... ¿Quién es, Matusalén?

—¡Cariño, esos modales!

Los pasos de mi madre se alejaron de mi puerta. Esperé todavía un poco más antes de acabar de quitarme los pantalones, sentado en el suelo, y arrojarlos a un rincón, ya sin baile ni porras.

Me levanté y volví a mirarme en el espejo. La excitación seguía anidando en mi rabo, que abultaba el slip como si fuera a desgarrarlo. Parecía una peli de Ridley Scott.

miércoles, 12 de julio de 2017

Alex y Hugo, mamada en el bus 1



Me llamo Álex. Todos los días, ya sea para volver de la Universidad o de mi trabajo de becario, según el día, cojo el mismo autobús. Llega un momento en que reconoces al resto de gente que lo coge también. Se convierten casi en viejos amigos, aunque jamás intercambies una palabra con ellos. Un día te sorprendes pensando "andá, la señora del bigote no ha venido hoy", o algo como "el señor de los pelos en las orejas hoy se ha sentado en otro sitio". No los conoces, pero los ves a diario e inevitablemente se genera una sensación de grupo.


Desde el principio me fijé especialmente en uno de los pasajeros del bus. Un chaval de mi edad, rubio, pelo de punta, ojos verdes, cuerpazo, muy guapo. Se sube al bus dos paradas después de la mía. Le suelo mirar cuando avanza por el pasillo, con aire distraído, como si no me interesara y solo reconociera en él a uno de los pasajeros habituales. Luego se sienta en mi misma fila de asientos, al otro lado del pasillo. Y yo finjo que miro por la ventanilla cuando en realidad intento atisbar su reflejo en el cristal. Me gusta, me parece muy sexy.


Tampoco es que nunca haya pensado en decirle nada. No parece que me devuelva las miradas. Yo no soy feo (pelo castaño, despeinado, labios carnosos, ojos azules, no puedo decir que tenga mal cuerpo...), pero soy bastante patoso, y eso me hace tímido.
Cada día, el autobús hace su recorrido interurbano: atraviesa dos ciudades antes de llegar al pueblo en que vivo. Los pasajeros se van bajando a lo largo del camino. Desde la segunda ciudad hasta mi pueblo hay un trecho de carretera sin paradas, y solemos quedar solamente este chico y yo. Sería el momento perfecto para entrarle, pero nunca me he atrevido. ¿Y si se enfada y me la lía en el bus que tengo que coger cada día?


Así que callo, miro su reflejo en la ventana, le veo alejarse en dirección contraria cuando nos bajamos y me desfogo en casa con el mal simulacro de una paja que sustituye apenas lo que me encantaría que pasara realmente.


Hasta hoy.