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miércoles, 4 de abril de 2018

Visita de la madre de Edu


—¡Cariño, soy yo, sácate lo que tengas en la boca!

Joder, mi madre. Maldita la hora en que le di las llaves de mi casa. No para de visitarme y entrar sin llamar. Mike, sorprendido, para repentinamente de besarme. Acabábamos de empezar a enrollarnos en mi sofá.

—¿Qué es eso? ¿Quién viene? —Pregunta, confuso.

—Mi madre, tú no te preocupes, que se va enseguida y nosotros a lo nuestro —respondí tratando de salvar los rescoldos de la pasión para avivarlos más tarde. No estaba dispuesto a quedarme sin disfrutar de ese pollón que casi me parte en dos cada vez que me folla.

—Pero... ¿quieres que me esconda o algo?

—Qué va, ¡pues no me habrá pillado veces chupando rabos! Como siempre entra sin llamar... y mira que se lo digo.

En ese momento entró en el salón. Se quedó un momento parada, como si se hubiera colgado, mirando a Mike. Luego enseguida se reseteó y avanzó hacia nosotros.

—Ay, niño, no quería interrumpir, no sabía que tenías visita.

—Claro mamá, si llamaras...

—Huy, ¿y qué falta que hace? Si siempre te pillo igual. Ya te lo he visto todo, y visto uno vistos todos, no me voy a espantar de nada.

Me levanté y fui a darle un beso, momento que aprovechó para decirme en un susurro perfectamente audible:

—Qué señor más negro ¿no? No quiero ni pensar en cómo tendrá las ingles...

—Mamá por favor, no me avergüences, eh.

—Cariño, cómo puedes decir eso, con lo que yo te quiero. ¿Así tratas a la persona que te dio la vida? Pues nada, si molesto me voy, que lo que no quiero es molestar.

—Anda mamá, déjalo, ven que te presento.

Y le presenté a Mike. El pobre, a pesar de ser un hombretón más grande que tres veces mi madre, esbozó cohibido una de esas sonrisas suyas que destacan en blanco sobre su piel. Me encantan.

Charlamos un momento de cosas triviales, mientras yo me preguntaba para qué habría venido mi madre y si se iría pronto.

—Cielito —me dijo—, te he traído unos tuppers  con comida casera, que estás muy delgado. ¿Verdá usté que está muy delgado?

—Anda mamá, deja a Mike, ven que te acompaño a la cocina a dejarlos.

—Bueno vamos, pero ya podías parecerte un poco a él, que mira qué fuerte está. Seguro que come buenos tuppers de su madre.

Yo sí que estaba deseando comerme algo bueno. Acompañé a mi madre a la cocina y sacamos los tuppers de la bolsa en que los traía.

—Ay cariñito, parece majo el negrito este.

—No le llames negrito mamá, se llama Mike.

—Es que esos nombres de la sabana son muy difíciles para mí. Y  no sé qué tiene de malo negrito...

—No es de la sabana mamá, y negrito, encima en diminutivo, connota condescendencia.

—Con descendencia es con lo que yo quiero que me vengas, pero lo de la nota... ¿Con qué nota? Nota de nada, yo no le pongo nota ni juzgo a nadie sin conocer. No me digas esas cosas. Yo lo digo sin maldad, con cariño: negrito, morito, chinito, panchito...

—¡Mamá, por favor, panchito es peor!

—Mira hijo, no quiero discutir, eh. ¡Que estoy muy sensible!

Lo di por imposible, no se puede razonar con mi madre. Es como un camión de demolición, lo mejor es apartarse y dejarla a su aire. Calló unos veinte segundos. Un record para ella.

—Cielo... —Me sorprendió especialmente que dudara, nunca la había visto vacilar. Me temí lo peor— Y... ¿es verdad lo que dicen de los negri... de la gente como Mike?

Creo que me puse colorado, y eso que no lo hago fácilmente, tengo mucho morro.

—¿El qué? ¿Lo del tamaño de su miembro? —Pregunté con toda la inocencia de que fui capaz.

Mi madre se quedó un poco cortada.

—No... ¿Qué pasa con su miembro? —preguntó de repente llena de curiosidad. Yo ya me estaba liando, ¿entonces qué me había preguntado?

—Nada mamá, no te preocupes.

—Hijo, no me dejes en la inopia. ¿Quieres una madre ignorante, que se burlen de mí en los coloquios de la parroquia?

—No creo que los coloquios de la parroquia traten de los miembros de nadie, mamá.

—Pero se habla de las misiones y de los negri... de la gente del África. Tengo que estar informada. Es que no me quieres, solo me quieres para que te traiga los tuppers.

Suspiré, mi madre era una reina del drama. Mi padre había desarrollado con los años una capacidad increíble para pasar a modo off cuando le hablaba y aún así dar las respuestas acertadas en los momentos apropiados. Eran un matrimonio muy feliz. Pero a mí mi madre me cargaba un poco cuando pasaba mucho tiempo con ella, la mujer.

—A ver mamá, dicen que sus miembros son más grandes, ¿vale?

—Huy, qué cosas... Como yo solo se lo he visto a tu padre... Lo que debe de haber por el mundo... ¿Y tú con eso te apañas bien?

—Perfectamente mamá. ¿Podemos cambiar de tema?

—Claro, claro, ya ves tú el interés que tendré yo en cómo tendrá el miembro el negri... Mike —dijo con un tono que desmentía completamente sus palabras. Afortunadamente era una señora a la vieja usanza y no siguió preguntando. Solo esperaba que no le preguntara cualquier día a Mike, si es que volvía a verle—. No, si yo lo que te preguntaba es si es verdad que huelen fuerte.

—Mamá por favor, eso, como en cualquier persona, depende de la higiene de cada uno.

—Bueno, bueno. Cómo estás hoy, no hay quién te diga nada. En fin, da igual, estoy muy contenta. Es el primero con el que te pillo vestido al entrar en casa. Porque aquel que parecía un gamberro no me gustó para ti. Se ve que este va en serio. ¡Estoy deseando tener nietecitos!

—Mamá, ¿eres consciente de que eso es biológicamente imposible?

—Bah, la ciencia avanza mucho, y le voy a poner yo una vela a San Judas Tadeo. ¿Y cómo saldrá? ¿Así como café con leche?

—Mamá, ¿no estará papá preocupado por que tardas?

—Quita, quita, si le he dejado viendo el partido. Y seguro que es de esos que tienen prórrogas. Lo dicho, que quiero un nieto. Que la vida da muchas vueltas y nunca se sabe. Hoy estamos aquí y mañana ya no. Mira tu tía Gertrudis.

—Mamá, la tía Gertrudis tenía 97 años, tú eres muchísimo más joven.

—¡Pero nunca se sabe! Anda que no estaba bien tu tía: refollante estaba. Mejor que yo. Cualquier día el Señor se me lleva y yo no he conocido a mi nieto. Y luego sufrirás, por haber sido así con tu madre, que tanto te quiere. ¿Qué te costará, darme un nietecito? Mira, la Teresa, la hija de la Venancia, quiere un hijo, pero no encuentra novio ni a la de tres. Como es un poco feílla la pobre, con esa chepa y tal. Que no me gusta a mí hablar mal de la gente, no soy de criticar, pero no hay más que verla, que es un adefesio. Pero con lo guapo que tú eres me salían unos nietos apañaos. ¿No te animas? Yo os organizo una cena en casa y lo vais viendo, y luego ya sigues con el señor negri... con Mike, ¿eh? O que se venga si quieres, si estás más cómodo, que sabes que yo soy muy liberal. ¿Qué le gusta de cenar? ¿Qué comen en la sabana?

Mi madre a veces era muy surrealista...

—Mamá, no voy ni a intentar razonar contigo. Oye, tengo a Mike esperando, es mejor que te vayas...

—Y encima me echas de casa, como si fuera un perrillo, a tu madre, ¡con lo que sufrí en el parto! Me voy, pero piénsate lo de la cena. Voy a despedirme de tu amigo.

Puse los ojos en blanco, miré al techo y me acaricié las sienes. Mientras, mi madre se despidió de Mike y se fue como un torbellino, así que salí de la cocina para reunirme con él. Estaba de pie donde le había dejado.

—¿Qué me ha dicho tu madre de no sé qué de una cena, de un bebé y de que ya me avisará?

—Nada, olvídalo. Es muy maja y buena persona pero se le va la pinza mogollón. Nosotros a lo nuestro. Necesito tu leche pero ya.

Y clavé las rodillas en el suelo sin más preámbulo, le saqué el rabo, esa columna inmensa de carne, y me lo zampé con ansia. Casi al momento me corrí, de lo necesitado que estaba, sintiendo ese morcón desencajándome la mandíbula. Solté la lefa a los pies de Mike, sin necesidad de tocarme el rabo, mientras me concentraba en chupar la punta de su enorme polla, dándole placer en su frenillo con la lengua, explorando el agujero y acariciando el glande con los labios.





Se la comí como pocas veces había comido polla, metiéndola y sacándola furiosamente, apretando los labios, frotando la lengua, y enseguida me recompensó con una carga de lefa que me colmó la boca y rebosó mis labios, resbalando hacia mi cuello.

En ese momento comprendí que el mejor remedio para las charlas con mi madre era una abundante dosis de lefote caliente.


miércoles, 14 de marzo de 2018

Hugo y su amiga

Cuando nos conocimos, a ella le había engañado su novio y a mí, mi novia: éramos dos idiotas con penas similares, así que acabamos curándolas en la cama. Desde entonces mantenemos una relación terapéutica: nos llamamos de vez en cuando, quedamos, follamos como descosidos y nos despedimos tan felices hasta la siguiente ocasión.  No puedo quejarme, porque encima está bastante buena…




Llevo una temporada bien servido con mis encuentros con Álex, que son la caña, pero echo de menos follar con chicas, así que he quedado con ella. Como siempre, voy yo a su casa. Llamo y me recibe en ropa interior. No nos entretenemos en cruzar muchas palabras, sabemos para qué quedamos y vamos al grano.


El encaje de su sostén expandido por sus tetas me pone a mil instantáneamente. Paseo la vista por su cuerpo, descendiendo despacio, cruzando su ombligo y llegando a sus braguitas y sus piernas sin fin. Y como siempre, empujo la puerta, caliente y cachondo, y entro en su casa, la echo contra la pared del recibidor y cierro con un puntapié. La beso y su lengua se mete en mi boca, ávida y brusca. A veces es cariñosa, otras es más atrevida. Parece que esta vez toca día de caña…

miércoles, 7 de marzo de 2018

Compartiendo a Gus


Volví a ver de vez en cuando a mi madurito después de aquella primera vez, aunque no para maratones de sexo como entonces, simplemente para polvazos puntuales. Y siguió pagándome; yo ya no pensaba en ello, sabía que lo hubiera hecho igual sin dinero. No voy a mentirme a mí mismo: me gustan los tíos buenos, y de hecho este es el único maduro al que me follo. Es más que probable que no me lo hubiera ni planteado si él no me hubiera hecho la oferta económica que me hizo pensarlo. Es totalmente opuesto a como me gusta un hombre: calvo, gordo, mayor y muy peludo. Pero aunque ahora tengo un follamigo y la intención de formar un grupito, y me tiro chicas a puñaos, sigo viéndole. Me pone muy cachondo saber que un señor así, mayor, maduro, con su traje, todo un ejecutivo, se vuelve inseguro y casi tímido conmigo. Me gusta saber cuánto le excito, me hace sentir genial, y seguimos follando. El sexo también es estupendo: se esfuerza un montón. Está el tema de los pies, que a mí no me va, pero él es un poco fetichista. Tampoco demasiado, por ejemplo no le van las zapas, y puedo ir con los pies limpios, no le va el olor. Se limita a juguetear con ellos un rato y lamerlos. A mí ni fu ni fa, pero le concedo ese momento.


Hoy, sin embargo, me ha parecido que ocurría algo raro cuando he llegado a su casa. Me ha recibido en camisa, sin corbata, en vez de con el traje completo, como suele hacer. Y cuando me ha llevado al salón he visto en la mesa dos posavasos y un solo vaso.


Mi madurito (debería preguntarle el nombre alguna vez) estaba algo nervioso, y ha empezado a hablar a trompicones. Me ha dicho que en su habitación tiene a un amigo al que ha hablado de mí, y básicamente quiere que me enrolle con él.

miércoles, 21 de febrero de 2018

MegaGuy, sexo en el callejón



—Ostras... si es MegaGuy. Joder tío, y estás con el rabo al aire... Colega, me fliparía tocártelo... ¿Puedo?


Eso me dijo el chaval con pinta de gamberrete guapo que apareció en el callejón justo después de que salvara a la ancianita.


—Claro, ¿por qué no? —respondí alegremente. Da gusto tener fans tan dispuestos—. Adelante, no te cortes...



Y se me acercó llevándose una mano al paquete y sin quitar la vista de mi polla. El atracador que había detenido seguía atrapado pegado a la pared por mi megalefada, así que no hacía falta preocuparse por él.


El chico llego sonriente hasta mí, curvó aún más su sonrisa observando mi máscara, seguro que tratando de ver algo a través de ella, y al no conseguirlo se encogió de hombros. Luego bajó la vista a  mi miembro, duro y goteando aún restos de la megalefada. Y sin dudar ni un momento me lo agarró y empezó a pajearme despacito.


—Mmmmm, qué rico —le dije bajito—. Tienes la mano caliente, y eres guapo, me gustas...




—¿Y tú eres guapo? ¿Qué hay debajo de la máscara?


—Secreto chaval. Conformáte con lo que hay debajo de mi pantalón...


Volvió a sonreír, y mientras me pajeaba con una mano con la otra fue acariciándome el torso, explorando mi pecho y mi abdomen sobre el traje. Luego clavó las rodillas en el suelo del callejón y se quedó mirando fijamente mi rabo, mientras me ponía las manos en el culo. Por fin abrió la boca, sacó la lengua y lamió húmedamente mi glande. Torció la cabeza y bajó a la lamerme los huevos, para después subir despacio recorriendo con la lengua toda la longitud de mi pollón, que para entonces palpitaba como loco de excitación.

miércoles, 14 de febrero de 2018

Edu se folla a un skater



Me gusta follar por San Valentín, porque los que no tienen pareja procuran pasar el día con un polvo, y para compensar se esfuerzan más en él. Así que lo mejor ese día (mejor que deprimirse y comer helado) es follar con quien sea.


Para este año he preparado algo especial. Si para Nochevieja le monté una fantasía brutal a mi colega Gus, ahora he pensado otra para mí: soy bastante andrógino, así que se me ha ocurrido travestirme y follarme a un heterazo. Todo que me salga fatal, pero si resulta sería una gran fantasía cumplida. Porque heteros ya me he follado, pero de los que dicen que tienen curiosidad, que ni son heteros ni son ná.


Así que me planté el otro día en el centro comercial de FuckingCity, y en la perfumería me compré un montón de potingues que yo, aunque tenga pluma, ni conocía. Me dejé asesorar por un dependiente muy sexy que, haciendo honor al tópico de los dependientes gays, me empotró en la trastienda. Y me llevé encima un descuento y un montón de muestras gratis. Compré también un vestido que decía a gritos "soy muy puta y me encanta" y unos zapatos de tacón. Sopesé comprar bragas o ir fresco. Al final pillé bragas, por contener mis atributos mejor. Un día de compras redondo.


Y el día de San Valentín lo preparé todo y me emperifollé (primero me emperi y luego ya follaré). Tuve problemillas con el maquillaje: quedé como Marge cuando Homer le dispara con la escopeta maquilladora. Como no tengo barba decidí que menos es más, y me contenté con pintarme los labios de rojo buscona y pegarme con muchos esfuerzos unas pestañas postizas que miedo me daba arrancarme después. Cuánto me alegro de ser chico, lo de ser chica no está pagado. Tengo la ventaja de mi pelo larguito y rubio, así que realmente parecía una chica.

miércoles, 24 de enero de 2018

Cuando el conductor del bus pilló a Álex y a Hugo, parte 2


Me sorprendió un poco que el conductor mantuviera la erección a sus años, tras lefarle el careto a Hugo (léelo aquí), pero el tío rápidamente enfiló su polla hacia mi ano, teniéndola durita todavía, y con la ayuda de la lubricación de su propio semen se preparó para encularme. Yo estaba tumbado sobre los asientos del bus, tal y como me había pedido, con las piernas levantadas y el culo abierto. Sentí un instante su rabo junto a mi culo, y luego todo sucedió de sopetón: su rabo estaba dentro de mí, con una embestida seca que lo clavó hasta los cojones. Me agarré a los respaldos de los asientos sofocando un grito, mientras Hugo me miraba poniendo cara de susto. Debía de haberle dolido hasta a él...

La polla del chófer recuperó la dureza que hubiera podido perder, al moverla dentro de mi culo apretado. Yo la sentía rígida, incólume, una barra de acero follándome sin piedad. Su pronunciada curvatura aumentaba la sensación de fricción y sentía ese roce estimulando mi ano y mi interior. Mi culo caliente se abría cada vez más, y esa polla entraba y empujaba sin piedad, dándome caña de la buena y enseñándome cómo podía follar un hombre maduro. Mi rabaco reaccionó al instante aumentando su dureza y soltando un hilo de líquido preseminal que se bamboleaba desde la punta, al compás de los empujones que el conductor me metía y que me deslizaban sobre el asiento, de la fuerza con que me embestía. Siendo tan patoso como soy, a punto estuve alguna vez de caerme del asiento y quedar encajado en el hueco con los asientos de delante. Parecía que estaba en un puto terremoto, tan grande era el ímpeto de esa follada.

miércoles, 17 de enero de 2018

Cuando el conductor del bus pilló a Álex y a Hugo, parte 1


Después de aquel día en que follamos en casa de Hugo, volvimos a nuestra rutina de comernos los rabos en el bus. El trayecto entre la parada en que nos quedábamos solos y la nuestra no era muy largo, así que nos turnábamos: unas veces se la comía yo y otras me la comía él. El que recibía la mamada, mientras, le hacía una paja al otro. El poco espacio entre los asientos no permitía tampoco mucho más.


Yo estaba deseando repetir una follada (lo habíamos hecho aquella primera vez en su casa, luego otra después de que nos la chuparan en el centro comercial, y una tercera vez, estupenda, por Navidad), pero no surgió que su casa volviera a quedar vacía, y en la mía imposible. Y notaba que él también quería repetir. Nos empezamos a llevar bastante bien y a hacernos amigos. Alguna vez quedamos incluso simplemente para tomar algo.


Un día volvíamos como siempre, yo de mis prácticas como becario y él de sus clases en la Universidad. Ya no nos molestábamos en disimular que nos conocíamos, y cuando se subía al bus Hugo se sentaba en el asiento al lado del mío. Eso facilitaba las cosas cuando el bus se vaciaba y uno de los dos desaparecía tras el asiento y daba gusto al otro. Muchas veces me pregunté lo que pasaría si el chófer, un hombretón maduro y grande, calvo y con pinta de brutote, alguna vez mirara el retrovisor y viera que en lugar de dos chicos solo había uno, y que este tenía una sorprendente cara de gustito...

miércoles, 10 de enero de 2018

Edu conoce a Mike

¿Sabéis los ancianos que se quedan embobados mirando las obras?Siempre me ha fascinado: si hay alguna obra en marcha los ancianos van gravitando hacia allí. Tiene que ser un fenómeno físico no investigado. Alguien debería hacer una tesis doctoral al respecto. Pues resulta que a mí me pasa un poco igual: Cerca de mi casa hay un banco donde suelo sentarme cuando simplemente me apetece pensar y tomar un poco el aire. Cojo un paquete de pipas y p'al banco. Y me quedo mirando el panorama.

Porque lo bueno de mi banco son las vistas: enfrente, cruzando la carretera, hay un gimnasio. Así que me entretengo viendo entrar y salir chulazos. Normalmente veo un montón de cachas con los que puedo fantasear. Casi siempre acabo en el banco con la polla como la pata un burro y el culo burbujeando de expectación. Una vez vi a un par de gemelos, megamusculosos los dos, con pinta de burracos. Empecé a darle vueltas al tema en mi cabeza y tuve que volver a mi casa con un manchurrón en los pantalones.

Sin embargo hoy aquello estaba más triste que el funeral de Chanquete. Casi no entraba ni salía nadie, y para uno que vi, estaba más escuchimizado que yo. Ya me iba a ir cuando apareció él. Era tan negro que tendría serios problemas en un cuarto oscuro, treinta y tantos, sexy y muy cachas, con camiseta de tirantes que dejaban ver sus brazacos como jamones y pantalón de chándal cagado. Me dije "ay maricona, no tendrás la suerte de que un macho así te empotre...".

El tío era más grande que el tubo de escape del Titanic... Seguramente como el tubo tendría precisamente la entrepierna, eso dicen de los negros, ¿no? Me relamí sin querer. Puede que hasta babeara un poco.

Cruzó la calle hacia mí. Normalmente disimulo, pero reconozco que me quedé parado, sin poder moverme, con una pipa a medio camino de mi boca entreabierta, y mirándole fijamente.

El rato que tardó en cruzar la calle me pareció tan largo como un penalti de Oliver y Benji, me dio tiempo de imaginarme tropecientas fantasías con ese tío y su badajo. Algunas solo con su badajo. Parecía que avanzaba a cámara lenta, como Los vigilantes de la playa...

miércoles, 27 de diciembre de 2017

La Nochevieja de Gus y Edu



Era Nochevieja o, mejor dicho, ya Año Nuevo. Tras celebrar el paso de año con mi familia salí por ahí. Suelo ir de fiesta con los amigos y empezar el año follando un chochete, pero esta vez me había dejado liar por Edu, que me había prometido una sorpresa muy especial. A saber lo que habría preparado ese loco. Me apetecía estrujar un buen par de tetas para empezar bien el año, pero reconozco que apretarme el culo fantástico de Edu tampoco sería mal comienzo.


Me llevó a un garito que resultó ser un bar gay, lleno de tíos de todas las edades y condiciones, que me miraban al pasar.




—Joder Edu, ¿pero a dónde me has traído?


—Tranquilo, tú tómate algo mientras voy a comprobar que esté todo preparado.


—¿Preparado? ¿Preparado el qué? A ver la que estás liando que a mí esto me mosquea...


Pero se marchó sin hacerme caso, así que pedí una copa, sintiéndome observado por los chicos de alrededor. No es que me molestara ser el centro de atención, pero me empezaba a agobiar tanta miradita, y fue peor cuando empezaron a entrarme y tuve que empezar a decir que no. A punto estuve de enrollarme con algún buenorro de lo harto que estaba de esperar a Edu, cuando por fin apareció, le dijo "quita fresca" al tío que trataba de ligar conmigo en ese momento y me llevó a rastras.


—No se te puede dejar solo ¿eh? —me dijo mientras tiraba de mí hacia una escalera al fondo del local— Me voy un momento y ya tienes una corte de pretendientes.


—Es que te has ido mucho rato y yo estoy bien rico. La próxima no te espero.


—Ya , pues te hubieras perdido tu sorpresa —dijo mientras subíamos la escalera y yo me temía que fuera a meterme en algún cuarto oscuro de esos y pasara cualquier cosa—. Ya sabes que en Nochevieja hay varias tradiciones: comer las uvas, almorzar lentejas, dar un salto hacia delante... Bueno, pues yo voy a hacerte el favor de tu vida. Este local tiene un salón privado que me han prestado (la polla del dueño es una vieja amiga de mi culo), y he organizado una nueva tradición: ¡la ginkana del folleteo! He hecho un hastag y todo: #ginkanafolleteo.


—¿Qué mierda de nombre es ese? —respondí desconcertado.


—Bueno, al nombre ya le daré una vuelta cuando se convierta en costumbre internacional. El caso es que he tirado de agenda para que ganes experiencia en esto de follar con chicos, y puedas comparar y darte cuenta de la suerte que tienes de que mi culo esté siempre preparado para ti.


—Claro, como que a ti no te gusta esta —repuse agarrándome el paquete y haciendo un gesto obsceno que Edu ignoró completamente.


Abrió la puerta de la sala privada y lo que vi me dejó sin palabras. Dentro había 11 chicos, 12 si contamos a Edu, repartidos por la sala, cada uno en alguna postura sexual, alguno vestido pero casi todos en bolas, como esperándome a mí, de varias edades y aspectos. Me empalmé al instante y salivé de gusto...

miércoles, 20 de diciembre de 2017

La Navidad de Álex y Hugo

Lo bueno de la Navidad es que la familia se reúne. Así que mientras la mía iba a visitar a una tía viejísima y la de Hugo hacía algo similar, nosotros habíamos quedado para vernos antes de ir a la cena familiar. Así iríamos descargaditos y tendríamos más tolerancia a los familiares.


Así que ahí estaba yo, llamando al timbre de Hugo con un paquete. Bueno, dos, porque el mío propio me cosquilleaba de impaciencia...
Por fin me abrió, con su sonrisa de siempre y ese cuerpazo que estaba deseando disfrutar. Me miró el paquete, el que llevaba en brazos, y me dijo que él no me había comprado nada, un poco azorado. Le resté importancia y fuimos a su cuarto. Allí empecé a hacer de las mías: me tropecé con la alfombra y el paquete salió despedido, dándole a Hugo en la cocorota, antes de que lo atrapara al vuelo.


—Joder tío —me dijo mientras le iba saliendo un chichón—, sí que estabas impaciente por dármelo...


—Bueno, es una forma como cualquier otra de entregarlo —me defendí—. Ya que lo tienes, ábrelo...


Arrancó el floripondio que le había puesto de adorno y luego el papel de regalo. Abrió la caja y en su cara se dibujó una expresión de sorpresa mezclada con pasmo. Metió la mano en la caja y sacó un consolador con forma de polla.


—Esto es muy grande para mí... No me va a entrar —dijo con un hilillo de voz, en el que se mezclaban la ansiedad por probarlo enseguida y el miedo por las dimensiones del objeto.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Álex y Hugo vuelven de cruising al centro comercial

Hugo me había contado cómo una vez se encontró con un chico que se la chupó en el baño del centro comercial, y me convenció para probar a ir de nuevo. Así que nos acercamos al centro comercial de FuckingCity. Pensé que total, si no encontrábamos nada, siempre podríamos descargar en el bus a la vuelta, tal y como hacíamos otras veces.


Entramos en el Paul & Cock y nos pusimos a mirar algo de ropa. Me fijé en un chaval que nos miraba. Bueno, eso creo. El caso es que era oriental, y como tienen los ojos así, como entornados, pues no lo tenía claro. Y no era cuestión de cantearme fijándome bien. Se lo comenté a Hugo, y me dijo que lo observaría. Se fue por su lado y yo seguí mirando unas camisetas. Al ratito volvió y me dijo que sí, que no me quitaba ojo de encima, y que cuando no me miraba a mí discretamente, le miraba a él.


A lo mejor es de los de seguridad esos que van de incógnito, como si fueran clientes, y piensa que queremos robar o algo. Si es que llevas unas pintas... argumenté sin estar convencido.


¿Qué pasa? Pintas, mis cojones. A mí me queda todo bien. Y yo creo que no es de seguridad porque solo nos mira a ti y a mí, no vigila a todo el mundo.


Seguimos a lo nuestro, aunque nos fijamos en que el chico parecía ir mirando ropa por donde nosotros pasábamos.


¿Crees que debería entrarle? Me dijo Hugo muy animoso.


Pues no sé, chico. Tampoco es cuestión de montarla si resulta que nos equivocamos. ¿Qué vas a hacer? ¿Ir y decirle que si te zampa el rabo?


Contigo funcionó de maravilla argumentó Hugo con mucho acierto, para qué negarlo.

miércoles, 11 de octubre de 2017

Alex va a casa de Hugo, parte 1



Nos fuimos a su casa directamente después de bajar del bus. No había nadie y en un periquete nos plantamos allí. Estábamos solos, tal y como él dijo.

—Álex, ponte cómodo —me invitó—. Voy a preparar algo de comer.

Solté la mochila por ahí y le seguí hasta la cocina, sin poder evitar clavar la vista en su trasero, redondo y duro bajo los vaqueros, realmente prometedor.

Hugo estuvo trasteando por la cocina y al final pareció decidirse por cocer algo de pasta. La pasta nunca falla, pensé. Al poco me dijo algo acerca del calor, no sé ni el qué, porque empezó a sacarse la camiseta y toda mi atención se centró en eso. Mi mirada quedó atrapada en las curvas de sus abdominales, que yo ya había palpado más que de sobra mientras se la mamaba en el bus, pero era la primera vez que los veía con espacio y con calma. Estaba muy bueno el cabrón, con un torsazo impresionante y bonitos pectorales. No tenía vello (bien sabía yo que llevaba rasurado hasta el púbico), y su piel suave me hizo salivar. Cuando casualmente levanté la vista hacia su cara comprobé que me observaba burlón, y al instante me puse tremendamente colorado.

—No te has puesto cómodo —insistió—. Podías haberte quedado sentado en el salón mientras hago la pasta, que eres mi invitado. Si quieres también puedes quitarte la camiseta, hace mucho calor en esta cocina cuando cocinamos.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Mike en el vesturario del gym




Me llamo Mike, soy negro y tengo la polla más grande que he visto. He estado con algunos negros y con muchos blancos y nadie la tenía tan grande como yo.


Además me cuido, y tengo un buen cuerpo, muy musculado y currado de gym. Me encanta pasearme desnudo por el vestuario del gimnasio. Procuro ir cuando sé que suelen estar llenos de tíos. Voy a las duchas en bolas, y si estaban ocupadas me quedo de pie esperando, sin problema. Al salir camino tranquilamente hasta el banco, con la toalla al hombro y la polla bamboleándose; los tíos me miran y sé que todos sienten envidia, deseo o asombro, o una combinación de las tres cosas. Sé que incluso los más heteros se mueren al menos por tocármela, por saber cómo es tener un rabo así; y los más atrevidos se mueren por mucho más.


Una vez hice una prueba: salí empalmado de la ducha, como si tal cosa. Los demás tíos me miraron, como siempre, pero al instante todas las bocas se abrieron y un momento después el suelo se volvió algo de increíble interés para todos, lo miraban sumamente concentrados. De reojo seguían vigilando mis intentos por calzarme los calzoncillos, y cómo finalmente tuve que desistir y enfundarme directamente los pantalones, metiendo el rabo por una de las pateras, junto a mi pierna. Me divertí bastante con el acaloramiento general de los vestuarios ese día.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Álex y Hugo, mamada en el bus 3

Los días de mamadas se fueron sucediendo tras esa primera vez en el bus. Disimulábamos hasta que quedábamos solos en la penúltima parada, y entonces me cambiaba a su asiento y me zampaba el rabo de Hugo. Él me sobaba la entrepierna hasta que me corría empapando el pantalón. Nunca me pareció que el conductor notara nada.


Era una forma estupenda de finalizar la mañana antes de llegar a casa. Pero lo cierto es que con el paso de los días fui queriendo algo más, la verdad. Que me sobara el paquete, teniendo en cuenta que era el primer acercamiento de Hugo al sexo con otros chicos, estaba bien, pero ya se me quedaba escaso. Además me contó que, inesperadamente, tuvo otra experiencia en un baño de un centro comercial hace poco, donde otro tío se la chupó. Me molestó un poco no tener ya el monopolio, pero también me hizo pensar que Hugo estaba muy dispuesto a curiosear. Así que cuando fuimos repitiendo mamada pensé que tendría suficiente curiosidad por el sexo gay como para forzar un poco los acontecimientos.


Empecé muy despacio. Esperé, como siempre, a que la gente se bajara del bus. La señora del bigote volvió a mirarme mal al pasar, me había quedado con el sambenito de "lo drogada que va la juventud", todo porque soy bastante patoso...


Me puse al lado de Hugo y bajé  a mamarle, como siempre, pero esa vez me desabroché la bragueta como pude en el poco espacio que tenía doblado entre los asientos y me saqué el nabo. No me puedo quejar de atributos, me gusta mi polla. Cuando entre gemidos silenciosos Hugo fue tanteando para llegar a mi paquete, se encontró el percal. Puso la mano sobre mi rabo; tanteó un poco, extrañado, y la retiró. Noté que se envaraba un poco, pero me hice el loco y seguí chupando como si nada, con glotonería. Me encantaba cómo esa polla llenaba mi boca, era tan gorda...


Pensaba acabar por pedirle que me masturbara, como todos los días, pero no hizo falta. Un poco después volvió a llevar despacio la mano hasta mi miembro, y lo cogió. Un poco flojo para mi gusto, parecía que estaba agarrando una pescadilla, pero bueno. Empezó a pajearme, despacio. Al hacerlo debió de sentir curiosidad por la longitud de mi polla, porque se retorció para verla. Dejé de chupársela un momento y me incorporé, para que la viera bien, aunque al hacerlo la soltó y su brazo quedó entre mi espalda y el asiento.


—¿Te gusta? ¿Va todo bien?


—Claro —me respondió, aunque no parecía seguro. No me quitaba ojo del rabo, de los 19cm de rabo que tengo. Tragó saliva. Continuó hablando algo inseguro—. No está nada mal, es más larga que la mía... Tienes buen rabo colega...


—Gracias. A mí el tuyo me flipa.


Y para demostrarlo reanudé la tarea, esforzándome más en mi mamada. Al momento noté que volvía a pajearme, con más seguridad esta vez.

miércoles, 30 de agosto de 2017

Hugo de cruising en el centro comercial








Hugo, ven vamos a sentarnos ahí —dijo uno de mis colegas.


Estaba en un centro comercial, de compras con unos amigos y amigas. Llevábamos ya un rato paseando, probándonos ropa, haciendo el idiota en los probadores y riendo un montón.


Decidimos parar un momento y comer algo en uno de los restaurantes, antes de seguir viendo tiendas o ir al cine. Mientras los demás se sentaban a una mesa, vi que al lado estaban los lavabos, y yo tenía la vejiga a punto de estallar, llevaba ya un rato que apenas me aguantaba. Dije que iba al baño y me levanté. Una de mis amigas, con la que andaba tonteando, me dijo que no tardara o se lo comerían todo. Yo pensé en lo que me encantaría que se comiera, le guiñé un ojo y fui al baño.


Entré y me fijé de refilón en otro tío que estaba meando en un extremo de los urinarios. Me coloqué al otro lado, me saqué la verga y empecé a mear. Joder, qué gusto, llevaba demasiado tiempo aguantando. Me dejé llevar y eché la cabeza hacia atrás, gimiendo levemente, aunque me di cuenta enseguida de lo que hacía y miré apurado al otro tío. Me estaba mirando, así que me dio vergüenza y me concentré en mi meada.


Empecé a sacudírmela para soltar las últimas gotas, mientras por el rabillo del ojo notaba que el otro tío seguía mirándome, y me empecé a sentir incómodo. Giré de nuevo la cabeza para confirmarlo: no me quitaba ojo. ¿Qué quería? ¿Pasaba algo?


Estaba algo retirado de su urinario, y bajando la vista vi que se agarraba la polla dura, y para nada estaba meando. Volví a concentrarme en mi meada. En realidad ya había terminado, y ahora estaba ahí, con la polla fuera, paralizado por la impresión.


Había oído hablar de tíos que tienen sexo en el campo, en baños, etc., pero esto me parecía casi algo más relacionado con una peli porno que con la vida real. Nunca me había encontrado algo así. Y, de repente, poco después de empezar a disfrutar como loco de las mamadas que me hacía Álex en mi primera experiencia con un chico, me topo con un tío que estaba empalmado a mi lado, los dos solos en el baño. ¿El destino?


¿Y ahora? Volví a mirarle. No se había movido ni un milímetro. Menos la mano, esa la movía despacio. Imagino que esperaba a comprobar si me interesaba o si me iba a pirar y tendría que esperar a otro. ¿Cuánto llevaría ahí, con el rabo duro, esperando a alguien con quien liarla? ¿O se le habría puesto duro por mí?


Me fijé mejor en él. Era latino, guapo, con un bonito tono de piel. Pelo negro, boca sexy. Más o menos de mi edad, menos musculoso pero con buen cuerpo, tatuado. Rabo muy normalito, al menos comparado con el de Álex, que era con el que yo podía comparar (además del mío, que es bastante más gordo y algo más largo).


Me hizo un gesto con la cabeza que no supe interpretar bien, probablemente porque pensó que si no me guardaba el rabo al terminar de mear y me quedaba mirándole, era porque le seguía el juego. Y luego se metió en una de las cabinas, dejando la puerta entornada.


No supe qué hacer. Me pregunté por un momento qué haría si entraba alguien. Y qué estarían haciendo mis amigos. Luego me guardé la polla, tragué saliva, me di la vuelta y avancé despacio hacia la cabina.


Abrí la puerta y me lo encontré sentado en la taza, con los pantalones bajados y meneándosela sin reparo. Me saludo con las palabras "pasa y dame tu leche", toda una invitación elegante.


Así que pasé y cerré la puerta a mi espalda, con cierta dificultad porque casi no quedaba espacio ahí dentro. Sin mediar una sola palabra más se aferró a mi pantalón como si le fuera la vida en ello, me lo desabrochó, me lo bajó junto con mi calzoncillo, descubrió mi polla y se amorró a ella. Una cadena de movimientos tan fluida que demostraba la enorme práctica que debía de tener en ella. Así que me dejé hacer pensando que este chico sabía lo que hacía.

miércoles, 23 de agosto de 2017

Gus se folla un culo, segunda parte





—Apuesto a que mi polla puede hacer por tu culo tanto como tu culo por mi polla... —Le aseguré. Su invitación me había puesto a mil.


Llegamos a su cuarto, y me empujó sobre la cama, con sábanas azules como las de la foto que me había enviado. Quedé en ella boca arriba, y él se puso encima, de espaldas, ofreciéndome su culo. Ahora que lo veía tan cerca me pareció de ensueño. Noté perfectamente como mi polla se endurecía todavía más viendo esa redondez suave, el canal entre las nalgas, el ano diminuto entre medias, las piernas rodeando las mías, sus huevos y su polla dura, debajo. Alargué una mano y le acaricié los testículos, agarrando luego su rabo y masturbándole despacio. Gemía bajito.
Después me asaltó el pánico: tenía su agujerillo ahí, cerradito, apretado. Y yo me miraba mi rabo y pensaba que ni de coña entraba por ese huequecito. Y no supe qué hacer, no quería hacerle daño, aunque sabía que el sexo anal puede costar un poco. Quería que fuera bien, para mí estaba siendo genial, y no quería cagarla por mi inexperiencia de novato.


—Eeeeh, oye... la verdad es que no sé muy bien qué hacer ahora —le confesé—. Es decir, sé que quiero follarte, disfrutar a pollazos de este pedazo de culo, pero no quiero que te duela...


—Eres un encanto para ir tan de chulito —me dijo divertido—. Mira, entiendo que te has comido algún coño alguna vez. Es parecido, tú imagina que es lo mismo, y cuando esté listo te avisaré para que "disfrutes a pollazos".


Así que me dispuse a hacerlo.

miércoles, 16 de agosto de 2017

Gus se folla un culo, primera parte


Mi primera mamada con otro chico fue realmente genial. Al final quedamos en que nos avisaríamos si alguna vez nos apetecía comernos los rabos. Pero yo quería más. Quería follar.


Me acordé del mensaje que recibí en el perfil que me hice de un chaval que me pareció guapo, aunque con pluma. Entré en mi cuenta. Tenía tres mensajes más: un viejuno, uno con una foto a todas luces falsa y un feúcho. Este último me cayó simpático, siempre he pensado que los feos y las feas se esfuerzan más, por compensar supongo, y te dan grandes polvos. Por un momento me dio curiosidad... Pero el chico que recordaba me pareció guapete, y busqué entre los mensajes antiguos.


Ahí estaba: un chico de 25 años, aunque aparentaba 18, rubito, melenita, delgado, imberbe. Un poco pose en las fotos, se le veía algo femenino, pero no pensé que eso fuera a impedir que se me pusiera bien dura si en la realidad era como en las fotos. Le contesté al mensaje aclarando que buscaba follar, por si acaso. Las mamadas estaban muy bien, pero yo quería mojar el churro ya.


Al día siguiente entré al perfil. Junto con otro par de mensajes que no me gustaron estaba uno del chaval. Por toda respuesta me enviaba una foto con su culazo. Suave, redondito y precioso. Me empalmé antes de darme cuenta. Parecía un poco el trasero de una chica, sin vello en las piernas y delgado, si no fuera por los huevos y el rabo que asomaban debajo. Se me hizo la boca agua.



Le contesté enseguida para quedar.

jueves, 3 de agosto de 2017

Álex y Hugo, mamada en el bus 2






Llegó la hora. Me había pasado toda la mañana esperando el momento de coger el autobús de vuelta a casa. No paraba de preguntarme si Hugo iba en serio cuando me dijo que le apetecía probar a que se la chupara ahí mismo, en el bus (puedes leerlo aquí). Había estado medio ausente en clase en la Universidad. Me había colocado cada mechón de pelo cuidadosamente para que estuviera desenfadadamente despeinado. Me había echado extra de colonia (quizás demasiado extra). Y estaba muerto de nervios y anticipación. Ni que fuera el primer rabo que me zampaba. Pffff. Si se me da genial... Es solo que quería que saliera bien...


Y ahí estaba, haciendo su entrada cuando el autobús llegó a su parada. Tan guapo como siempre, esta buenísimo. Me hice un poco el despistado, por disimular, aunque mirando de reojo por si me hacía alguna señal o algo. No pude ver que me mirara.


El autobús hizo su ruta y fue descargando viajeros, mientras yo no podía parar quieto pensando en si pasaría algo o no. Por fin llegó a la última parada antes de enfilar la carretera hasta nuestro pueblo, Teníamos un ratillo por delante, y solo quedábamos él y yo en el bus, como de costumbre. En cuanto arrancó quitó su mochila del asiento a su lado, y la dejó en el suelo. Lo tomé por una invitación, respiré hondo y me cambié de sitio, procuarndo no tropezar esta vez, como el día anterior.


Y nos quedamos muy quietos mirando hacia delante. De repente el conductor se me presentó como una amenaza muy tangible. ¿Y si nos pillaba? No era fácil, los asientos ocultarían toda la acción. A mí no se me vería, y de él solo se vería que ponía cara de gusto... ¿Eso sería sospechoso? ¿Se suele poner cara de gusto cuando se viaja en bus? No pude pensar más, porque empezó a hablarme:


—Bueno, Álex, ¿qué tal hoy? —No me dio tiempo de contestar una parrafada sobre los efectos de los ataques de nervios y pánico sobre el tránsito intestinal, era una pregunta retórica—. Ayer quedamos en algo, ¿te sigue interesando?

miércoles, 12 de julio de 2017

Alex y Hugo, mamada en el bus 1



Me llamo Álex. Todos los días, ya sea para volver de la Universidad o de mi trabajo de becario, según el día, cojo el mismo autobús. Llega un momento en que reconoces al resto de gente que lo coge también. Se convierten casi en viejos amigos, aunque jamás intercambies una palabra con ellos. Un día te sorprendes pensando "andá, la señora del bigote no ha venido hoy", o algo como "el señor de los pelos en las orejas hoy se ha sentado en otro sitio". No los conoces, pero los ves a diario e inevitablemente se genera una sensación de grupo.


Desde el principio me fijé especialmente en uno de los pasajeros del bus. Un chaval de mi edad, rubio, pelo de punta, ojos verdes, cuerpazo, muy guapo. Se sube al bus dos paradas después de la mía. Le suelo mirar cuando avanza por el pasillo, con aire distraído, como si no me interesara y solo reconociera en él a uno de los pasajeros habituales. Luego se sienta en mi misma fila de asientos, al otro lado del pasillo. Y yo finjo que miro por la ventanilla cuando en realidad intento atisbar su reflejo en el cristal. Me gusta, me parece muy sexy.


Tampoco es que nunca haya pensado en decirle nada. No parece que me devuelva las miradas. Yo no soy feo (pelo castaño, despeinado, labios carnosos, ojos azules, no puedo decir que tenga mal cuerpo...), pero soy bastante patoso, y eso me hace tímido.
Cada día, el autobús hace su recorrido interurbano: atraviesa dos ciudades antes de llegar al pueblo en que vivo. Los pasajeros se van bajando a lo largo del camino. Desde la segunda ciudad hasta mi pueblo hay un trecho de carretera sin paradas, y solemos quedar solamente este chico y yo. Sería el momento perfecto para entrarle, pero nunca me he atrevido. ¿Y si se enfada y me la lía en el bus que tengo que coger cada día?


Así que callo, miro su reflejo en la ventana, le veo alejarse en dirección contraria cuando nos bajamos y me desfogo en casa con el mal simulacro de una paja que sustituye apenas lo que me encantaría que pasara realmente.


Hasta hoy.

miércoles, 5 de julio de 2017

El primer rabo de Gus, segunda parte




 
Como os decía antes, ya en el descansillo de su casa yo estaba realmente cachondo y con el rabo duro. Al menos todo lo duro que podía ponerse apretado en mis vaqueros. La bragueta iba a estallarme de un momento a otro.


El chaval abrió la puerta y me cedió el paso. Entré en un pasillo corto y me di la vuelta, a tiempo de pillarle:

—¿Me estabas mirando el culo?

—Pues claro. —Sonrió—. ¿O es que tú no lo habrías hecho?
No me dio tiempo de pensar la respuesta, mientras cerraba la puerta me dio la espalda, e inevitablemente mis ojos se fueron a su trasero. Opté por no decir nada.

Me miró sin perder la sonrisa y me indicó que siguiera avanzando. Entré al salón, espacioso y luminoso. Me cogió desprevenido por detrás, tomando la iniciativa y sin perder un momento. Su brazo izquierdo me rodeó el pecho. El derecho quedó en mi abdomen, bajando lentamente hacia mi paquete, como dándome la oportunidad de evitarlo si eso era lo que quería. Su cadera estaba pegada a mis nalgas. Y su aliento me calentaba el cuello.

—¿Quieres tomar algo? —Me preguntó, con la voz algo ronca. No respondí, estaba ocupado con la sensación de sus labios en mi cuello. Estaba afeitado, pero notaba lo rugoso del vello de su piel, diferente a la suavidad de los besos de una chica.
Su mano descendió por fin hasta mi paquete, con un sprint en el último momento, y ahí quedó, apretando el bulto palpitante de mi rabo cada vez más grande.
Eso me hizo apartar mi pensamiento de su tacto en mi cuello para dirigirlo hacia su rabo. Notaba contra mi culo un bulto probablemente igual de excitado que el mío. No pude evitar ponerme nervioso y apartarme un poco.

Me giré hacia él y le vi algo desconcertado, aunque al poco me sonrío divertido.

—¿Nervioso?

—Un poco —confesé.

—Podemos hacerlo como quieras —me dijo, y se mordió el labio inferior antes de proseguir—. Mira, te entiendo muy bien, no hace mucho que yo estuve en esa situación. Podemos hablar, volver a la calle y tomar algo, jugar un rato a la Play... O probar a besarnos y ver cómo te sientes...

Se quedó muy quieto, como si yo fuera un ciervo que fuera a huir ante cualquier movimiento. Me dejaba decidir. No sé, a lo mejor me asustó un poco no controlar la situación. A lo mejor era más fácil si tomaba yo la iniciativa. Así que decidí tomar el toro por los cuernos, que para eso estaba allí. Volví a pegarme a él y opté por su última sugerencia, un beso. Le agarré por la cintura, como hubiera hecho con una chica. Y le besé, un poco de sopetón.
Nuestros labios se acariciaron, y volví a sentir la extrañeza de su piel raspándome muy levemente.

Fue un beso lento, que poco a poco se hizo más apasionado, cuando me decidí e introduje la lengua en su boca. Le acaricié su lengua, sus dientes, el interior de sus labios. Me sentía más cómodo llevando el control. Mis manos fueron moviéndose, pasando de su cintura a su trasero. Nuestros paquetes se rozaban y mi polla presionaba la suya a través de los vaqueros.

Creo que deliberadamente me cedió la iniciativa para que me sintiera más como en una relación heterosexual, aunque poco a poco fue avanzando de nuevo, tocándome, besándome, llegando a un quid pro quo equilibrado entre ambos.

En algún momento, no sabría decir cuánto tiempo había pasado, se apartó un poco y se quitó la camiseta. Tragué saliva. Estaba realmente demoledor. Me gusta mi cuerpo, pero reconozco que el chaval estaba muy, muy rico. Y no se detuvo ahí; sin dejar de mirarme se bajó los pantalones y se los quitó quedando en calzoncillos y con todo el rabo bien marcado. Me relamí involuntariamente mientras él se la agarraba por encima de la ropa interior.




Su polla creaba un bulto en sus calzoncillos que permitía adivinar lo que escondían, y por la parte superior se escapaba su vello púbico, recortado pero bastante más largo de lo que lo llevaba yo.